Autor Tema: 06.12/2946 / AREMIS POST: UN DÍA DE CANDIDATURA  (Leído 286 veces)

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06.12/2946 / AREMIS POST: UN DÍA DE CANDIDATURA
« en: Marzo 12, 2017, 03:34:42 pm »

DÍA 256: LA PRUEBA DE CANDIDATURA


06.12.2946 TET

Por Sean Nazawa


Segunda parte de una serie de artículos que siguen el paso de una clase de reclutas por los campos de entrenamiento de la Armada (conocidos en el servicio como Forjas).

FORJA QUINTUS, KILIAN - «Oh, vaya, ¿Weaver se ha muerto?» El grupo de reclutas detuvo su avance y miró al OI Hardigan, sin estar seguros de si se trataba de algún tipo de prueba.

Llevábamos ocho kilómetros de una carrera de dieciséis. Una forma habitual de pasar un sábado por la tarde durante la estación más calurosa de MacArthur, o por lo menos lo era en la Forja de Hardigan. Como observador civil, me habían ofrecido (y yo declinado) un HOV personal. Había sido una broma recurrente entre Hardigan y yo, pero tras pasarme cinco meses viviendo con estos reclutas, escuchando no sólo las historias de su vida, sino también sus planes para el futuro, he decidí que no iba a ser un mero observador. Eso fue hacetres meses, y debo admitir que hoy me estaba arrepintiendo de ello.

Por la mirada en el rostro de Hardigan, esto no era ninguna prueba. Todos nos dimos la vuelta para ver al recluta Callum Weaver tirado boca abajo en el suelo. Weaver era un chico delgaducho criado en Río Plantock en Aremis, y siempre había tenido dificultados con los exigentes requerimientos físicos del entrenamiento básico.

«Sigo confiando en que llegará un punto en el que todo me parecerá cuesta abajo» me confió Weaver un día tras tres horas de extenuante entrenamiento de combate. «Y, sí, aunque cada vez se me hace un poco más fácil, nunca me da la sensación de que mi cuerpo esté empezando a acostumbrarse a ello.»

La recluta Teagen fue la primera en reaccionar. Corrió hasta Weaver y le quitó la pesada mochila cargada de pertrechos para que el recluta pudiera dase la vuelta. Unos cuantos miembros más del pelotón fueron a ayudar mientras los demás decidían aprovechar la parada y se sentaron en el suelo bajo alguna sombra.

El OI Hardigan caminó hasta allí, aparentemente fresco como una rosa, y su silueta bloqueó la luz del sol mientras miraba a Weaver. Tras unos instantes, el recluta empezó a dar muestras de recuperarse.

«Lo siento, señor» balbuceó Weaver mientras trataba de sentarse.

«Eh, tranquilo» dijo Hardigan arrodillándose e impidiéndole a Weaver ponerse en pie. «Tenemos un vehículo de evacuación médica en camino. Tienes que aprender a hidratarte correctamente, chaval.»

«Lo siento, señor. Lo haré, señor.»

Hardigan menó la cabeza y, tras tirarle a Weaver un pack de hidrogel, habló con Teager y los otros reclutas que habían acudido a ayudar a Weaver. Luego se volvió hacia el resto del pelotón.

«Bueno, ya que todos vosotros no parecéis muy ansiosos por ayudar a un camarada, supongo que tendremos que empezar de nuevo los dieciséis kilómetros.»

Tras ese día, los reclutas se mostraron mucho más unidos. Esa sensación de unidad sólo iba a fortalecerse cuando iniciaran la fase de su entrenamiento conocida como Candidatura: tres semanas de pruebas diseñadas no sólo para valorar las aptitudes físicas, psicológicas e intelectuales de cada recluta, sino cómo de bien han incorporado a la práctica estos ocho meses de instrucción.

Cuando la Candidatura hubiera finalizado, pasaría otra semana antes de que los reclutas fueran separados y enviados a la siguiente fase de su entrenamiento. De los dieciséis reclutas, la mayoría prosiguió con el entrenamiento básico. Cuatro fueron transferidos la semana siguiente a instalaciones especializadas. La recluta Teagen desapareció a mitad del proceso y, si uno se podía fiar de Hardigan, había sido seleccionada por los Marines. El recluta Weaver y otros tres habían sido aprobados para empezar la instrucción de la Academia de Vuelo.

En la primera mañana de la escuela de vuelo, Hardigan hizo trotar a los escasos afortunados hasta un tramo solitario de pista donde, iluminado por el sol matutino, había posado un F7 Hornet y su nuevo OI, el teniente Edward Aino.

«¿Esto es lo que tienes, Hardigan?» El corpulento hombre que rondaba los ochenta bajó del caza y paseó su mirada por el grupo de reclutas.

«Eso me temo» contestó Hardigan.

«Estos parecen más flojos que el último grupo.»

«Pues entonces rómpelos» dijo Hardigan encogiéndose de hombros. Aino asintió, luego hizo un saludo a Hardigan, quien se lo devolvió e inició el camino de vuelta a paso ligero.

Aino se acercó más a los reclutas en completo silencio. Estudió a cada uno de ellos por un periodo de tiempo incómodamente largo, posiblemente para ver si reaccionaban de alguna forma. No lo hicieron.

Durante el transcurso de los siguientes minutos fueron llegando más reclutas, traídos por sus OI como si fuera el primer día de escuela. Aino repitió el mismo recibimiento para cada nuevo grupo.

Cuando estuvieron presentes todos los alumnos, Aino se volvió hacia el Hornet.

«Miradlo bien» dijo Aino mientras caminaba en torno al caza con la mirada fija en la prístina máquina. «Para algunos de vosotros, esto será lo más cerca que estaréis jamás a uno de estos. Hasta ahora, sólo hemos estado jugando.»

Algunos de los reclutas intercambiaron miradas cansadas.

«Pero esto es un instrumento de guerra. Capaz de desencadenar una destrucción que ni os podéis imaginar, por lo que si os pensáis que voy a permitir que algún [censurado] como vosotros se acerque a uno de estos trastos, ya os lo podéis quitar de vuestra [censurado] cabeza. Tendréis que ganaros mi confianza y mi respeto antes de que os entregue un arma. ¿Comprendido?»

«¡Señor, sí, señor!» gritaron los reclutas en perfecto unísono.

«Ya veremos.»

Aino no estaba bromeando. Diez horas al día, seis días a la semana durante los siguientes dos meses, les hizo estudiar manuales técnicos, registros históricos, análisis estratégicos y tácticos de acciones militares (incluido un estudio exhaustivo de los Principios de la guerra de Marduke). Los estudios más intensivos fueron sobre teoría del vuelo, y solía sorprenderlos con exámenes acerca de prácticamente cualquier tema, incluso de fundamentos de pilotaje, a pesar de que muchos de los reclutas ya llevaban años pilotando naves espaciales.

Tras una sesión especialmente agotadora que terminó con Aino recomendando que uno de los reclutas fuera transferido a otra academia, le pregunté por qué hacía todo esto.

«El tipo de vuelo al que están acostumbrados no los preparará para lo que hay ahí fuera» me contestó «Día tras día pedimos que se haga lo imposible. Cuando has perdido a todo tu escuadrón y tienes a los vanduul encima, necesitamos que seas capaz de tomar decisiones tácticas competentes. Si no das la talla en una clase, no durarás ni un día en el espacio.»

A medida que el calor del verano empezaba a dar paso al otoño, los reclutas restantes pasaron al siguiente nivel de entrenamiento de Aino. Alentando su confianza al decirles que estaba «preparado para ver de qué eran capaces en una carlinga», Aino llevó a los reclutas hasta un hangar apartado.

Cuando llegaron, había un entusiasmo palpable en el aire. Todos esos extenuantes estudios iban por fin a aplicarse a la práctica. Aino abrió las enormes puertas.

Dentro del hangar había distribuidas a intervalos regulares varias réplicas del armazón de la carlinga de un caza construidas con trozos de tuberías. Unas sillas de plástico servían de asiento para el pilot. ¿Y la palanca de vuelo? Era una cañería enganchada a un muelle. Los reclutas quedaron bastante decepcionados.

«¿Qué demonios estáis esperando? Elegid una nave» gritó Aino.

Así empezó la segunda fase de su entrenamiento. Aino les hizo repasar el diseño básico de la carlinga. Les obligó a reconstruir meticulosamente la ubicación de cada botón e interruptor para una serie de naves a las que se les podía pedir que pilotaran. Una vez completada cada reconstrucción, interrogaba exhaustivamente a cada uno de los reclutas acerca de la función y las aplicaciones convencionales (o no convencionales) de la nave. Seleccionaba de improviso a algún recluta y le pedía que resolviera un escenario hipotético, cronometrando su respuesta.

La frase «Demasiado lento. Estás muerto» se repitió miles de veces.

En el transcurso de un mes, otros dos reclutas habían sido reasignados a otra Forja, pero Weaver parecía haber encontrado algo en lo que destacar. Había mostrado una memoria fotográfica en lo que respecta a la configuración de las distintas carlingas, pudiendo pasar con facilidad de la configuración del Gladius a la del Hornet o incluso la Starfarer sin necesidad alguna de consultar los diagramas.

Aino se fijó en ello. Lejos de los reclutas, Aino era una persona tranquila y amable. Veterano de más de quinientas misiones, había vivido su buena ración de combates, pero era imposible conseguir que explicara algo más al respecto. Mientras me estaba tomando un te sujin durante mi charla semanal con Aino, le pregunté acerca de las aptitudes de Weaver. Para mi sorpresa, Aino entró en detalles.

«Algunas veces, te sale de manera innata. No es mi caso. Mi OI me gritaba hasta ponerse afónica chillándome que lo hiciera bien.» Aino se reclinó en su silla y tomó un sorbo de su café. «Todavía nos queda mucho trabajo por hacer y a Weaver le queda mucho por aprender. Con esto quiero decir que he visto a gente que lo pillaba todo rápido cuando no había nada que dependiera de ello, sólo para pifiarla en su primer combate, así que ya veremos... pero a lo mejor se ha ganado un premio.»

«¿Como cuál?» pregunté.

Aino se dio la vuelta y miró por la ventana durante un minuto. Casi pensé que se había olvidado de mi pregunta. Pero entonces volvió a mirarme y sonrió.

El recluta Weaver iba a ser el primero en hacer un vuelo de prueba de verdad.


//          FIN DE LA TRANSMISIÓN

Traducido por Vendaval para Ciudadano Estelar
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